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sábado, 29 de noviembre de 2025

Becerrillo: el perro héroe de los conquistadores españoles cuya leyenda aún sorprende

Hay historias que, pese a haber ocurrido hace más de quinientos años, siguen teniendo la fuerza suficiente como para obligarnos a detenernos y preguntarnos qué queda fuera de los relatos oficiales. Esta es una de ellas. Una historia en la que no aparecen reyes ni capitanes famosos, sino un perro; un guerrero de cuatro patas cuya lealtad terminó convirtiéndolo en una figura casi legendaria dentro de la conquista de América. Si sigues leyendo, descubrirás por qué Becerrillo, un alano español, se ganó un lugar en la memoria del Imperio y en las mejores historias de perros. Y quizá, al final, entiendas por qué algunos cronistas decían que aquel animal “peleó como si hubiese sido consciente de la importancia de su deber”.

Becerrillo: el perro héroe de los conquistadores españoles cuya leyenda aún sorprende

Un arma inesperada en las carabelas

Cuando pensamos en los conquistadores españoles viajando hacia el Nuevo Mundo, solemos imaginar armaduras brillantes, arcabuces, espadas y los famosos caballos que tanto impacto causaron en los pueblos indígenas. Pero rara vez pensamos en otra de las “armas vivientes” que viajaron en las mismas naves: los perros de presa.

En los fondos oscuros de carabelas y galeones viajaban decenas de canes entrenados para la guerra. No eran simples animales de compañía: los conquistadores los utilizaban como guardianes nocturnos, perros de rastreo, compañeros de campaña y, en momentos extremos, como combatientes. Los cronistas mencionan mastines, sabuesos, galgos y, sobre todo, los alanos españoles, una raza fuerte, robusta y habituada a acompañar a los soldados desde la Edad Media.

Entre todos ellos hubo uno que destacó por encima del resto, tanto por su valentía como por la huella que dejó en quienes lo conocieron. Su nombre era Becerrillo.

Un alano español con fama ganada a pulso

Según la Real Sociedad Canina de España, el alano español era un perro temido en los campos de batalla. Medía alrededor de 60 centímetros a la cruz, pesaba entre 35 y 45 kilos y tenía la fortaleza suficiente como para derribar presas grandes o resistir largas jornadas al servicio de sus dueños. Su origen se remonta, probablemente, a los perros de presa traídos por los pueblos bárbaros tras la caída del Imperio romano.

Becerrillo encarnaba todas esas características, pero además tenía algo más: una inteligencia y disciplina que sorprendían incluso a quienes estaban acostumbrados a entrenar animales para la guerra. Los conquistadores decían que distinguía perfectamente a aliados de enemigos y que jamás atacaba a un inocente.

Su fama se extendió rápidamente por Puerto Rico y otras zonas del Caribe, hasta el punto de que los indígenas lo conocían por su nombre y temían verlo aparecer junto a los soldados españoles.

El compañero inseparable de Sancho de Arango

Los últimos años de la vida de Becerrillo estuvieron ligados a un hombre: el capitán Sancho de Arango, un hidalgo castellano descrito por los cronistas como valiente, directo y ferozmente leal a los suyos. El historiador Cayetano Coll y Toste afirmaba que Arango quería a su perro con la devoción con la que los caballeros del Renacimiento amaban su espada o su caballo.

Juntos participaron en campañas, guardias nocturnas y misiones arriesgadas. Arango confiaba en Becerrillo como en ningún otro soldado. El perro, por su parte, lo protegía con una fidelidad que hoy solo podemos describir como absoluta.

La batalla que marcó su destino

En 1514, Puerto Rico vivió uno de sus episodios más sangrientos. Un cacique local, Yaureybo, reunió a un grupo numeroso de guerreros caribes y lanzó un ataque sorpresa sobre la zona donde vivían Arango y su perro. Las defensas eran escasas y los españoles sabían que, si los indígenas tomaban el poblado, no habría piedad para nadie.

Sancho de Arango, herido en su orgullo y en su deber, se preparó para la batalla. Llevaba su espada, su coraza… y, por supuesto, a Becerrillo, quien vestía una armadura ligera de algodón especialmente diseñada para perros de guerra.

Al grito de “¡Santiago!”, el capitán se lanzó al combate. Los crónicas narran que abrió hueco entre los atacantes, pero la superioridad numérica era abrumadora. Dos flechas atravesaron su muslo y, debilitado por la sangre, comenzó a perder terreno.

Fue entonces cuando Becerrillo tomó la iniciativa. El perro, al ver caer a su amo, se lanzó contra los enemigos sin dudarlo. Mordió, empujó, derribó y obligó a los caribes a retroceder lo suficiente como para evitar que capturaran a Arango. Su ferocidad era tal que algunos guerreros dudaron en acercarse.

Pero el destino ya estaba escrito. Una flecha envenenada impactó en el costado del perro y, pese a su resistencia, sus fuerzas comenzaron a fallar. Murió poco después, habiendo cumplido su misión: impedir que su amo fuese apresado.

Sancho de Arango también cayó en aquella jornada, pero la hazaña del perro quedó grabada en la memoria de quienes sobrevivieron.

Un legado que no terminó con su muerte

La historia no acaba en 1514. Se dice que Becerrillo tuvo un hijo, Leoncico, que se convirtió en el perro de Vasco Núñez de Balboa y que heredó muchas de las cualidades de su padre. Su presencia en las exploraciones del istmo de Panamá contribuyó a que la fama de los alanos españoles se extendiera todavía más.

Con el paso del tiempo, Becerrillo dejó de ser solo un perro de guerra: se convirtió en un símbolo de lealtad, una leyenda que ha sobrevivido gracias a los relatos orales, los cronistas y la fascinación que despierta cualquier acto de valentía que desafía lo que entendemos como “animal”.

Hoy, su nombre aparece en libros de historia, artículos y estudios sobre la conquista de América. Y aunque nunca sabremos cuántas de las historias sobre él fueron reales y cuántas exageradas, lo cierto es que su figura sigue siendo una de las más llamativas y desconocidas del periodo colonial.

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domingo, 12 de octubre de 2025

12 de Octubre: Reflexión sobre la memoria y el respeto a los pueblos originarios

En 1997, el Museo de la Humanidad de Londres presentó una exposición sobre los hábitats de la Patagonia. Entre las fotografías exhibidas había una que, aunque tomada en 1939, sigue estremeciendo a quien la observa. En ella, se ve a un hombre originario de Tierra del Fuego, sostenido con fuerza por la cabeza, obligado a mirar a la cámara.

No hay violencia explícita más allá de ese gesto, pero la mirada del retratado lo dice todo: pureza, tristeza, miedo y resignación. Es una imagen que duele, porque resume siglos de sufrimiento, de despojo y de silencios impuestos.

Sus ojos parecen atravesar el tiempo. Reflejan la historia de un pueblo sometido, las voces que fueron calladas, las culturas que fueron borradas bajo la promesa del “progreso”. No se trata solo de una fotografía antigua; es un testimonio visual del genocidio cultural y físico que vivieron los pueblos originarios en toda América del Sur, desde la llegada de los conquistadores hasta las campañas de “civilización” del siglo XX.

12 de Octubre: Reflexión sobre la memoria y el respeto a los pueblos originarios

12 de Octubre: del “Día de la Raza” al “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”

Durante mucho tiempo, el 12 de octubre fue celebrado en América Latina como el “Día de la Raza”. Era una fecha que exaltaba el “encuentro de dos mundos”, una narrativa construida desde la mirada europea que escondía una realidad mucho más oscura: la invasión, la explotación y la muerte de millones de personas.

Afortunadamente, con el paso del tiempo y el avance de una conciencia colectiva más crítica, esa denominación cambió. En países como Argentina, desde 2010 se conmemora el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, una fecha que invita a la reflexión y no a la celebración.

El cambio de nombre no es un simple detalle semántico: es un acto político y simbólico que busca reconocer la existencia, resistencia y riqueza cultural de los pueblos originarios. Es un recordatorio de que no hay nada que festejar, pero sí mucho que reparar.

Lo que la historia no contó (o no quiso contar)

La historia oficial, la que se enseña en los manuales escolares, suele estar escrita por los vencedores. Durante siglos, esa versión ocultó las atrocidades cometidas durante la colonización: saqueos, violaciones, esclavitud y exterminio.

Las expediciones europeas no trajeron solo religiones y lenguas, sino también enfermedades, armas y sistemas de poder que destruyeron formas de vida milenarias.

En la Patagonia, por ejemplo, pueblos como los selk’nam, yámanas o tehuelches fueron perseguidos y diezmados por colonos y empresarios ganaderos. Muchos fueron capturados para ser exhibidos en Europa, como curiosidades humanas en ferias y museos. Esa misma fotografía de 1939 no está tan lejos de aquellas prácticas: convertir el dolor en espectáculo.

Hoy sabemos que no fueron simples “encuentros culturales”, sino procesos de conquista y dominación que cambiaron para siempre la historia de América.

La memoria como acto de resistencia

Recordar no es mirar atrás con nostalgia; es un acto de justicia. Cada 12 de octubre debería servir para mirar de frente nuestra historia, reconocer a quienes fueron silenciados y aprender de los errores que se repiten bajo nuevas formas.

Los pueblos originarios siguen siendo marginados, desplazados y víctimas del racismo estructural. Aun hoy, muchos deben luchar por su tierra, su lengua y su identidad.

El respeto a la diversidad cultural no puede limitarse a una fecha en el calendario. Debe ser una práctica cotidiana, una forma de mirar al otro con empatía, reconociendo que la riqueza de nuestra historia está en la pluralidad de sus voces.

Un llamado a la conciencia

El 12 de octubre no es una fiesta. Es una invitación a la reflexión sobre el costo humano de la colonización y el deber que tenemos de preservar las culturas que aún resisten.

La fotografía del hombre fueguino de 1939 no debería quedar archivada en un museo. Debería estar presente en cada aula, en cada conversación, en cada conciencia que entienda que la humanidad no se mide por la conquista, sino por el respeto.

Respetar la diversidad cultural es reconocer que todos los pueblos tienen el mismo valor, la misma dignidad y el mismo derecho a existir.

Por eso, hoy y siempre, repetimos con fuerza:

12 de Octubre es una fecha para reflexionar. NO celebramos la tortura ni la masacre de nuestros pueblos originarios.

Celebramos la vida, la memoria y la resistencia.

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12 de Octubre: una fecha para reflexionar

Cada año, el 12 de octubre nos invita a mirar hacia atrás, pero también hacia adentro. Durante siglos se celebró como el “Día de la Raza”, una efeméride que pretendía conmemorar el “encuentro” entre dos mundos. Sin embargo, con el paso del tiempo, la humanidad comenzó a comprender que aquel encuentro fue, en realidad, un proceso de conquista, sometimiento y exterminio.

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llegó a América, marcando el inicio de una historia que transformaría por completo el destino del continente. Con su llegada también desembarcaron el autoritarismo, la ambición y la violencia. En apenas tres décadas, las poblaciones originarias de las Antillas fueron prácticamente aniquiladas.

Detrás de Colón vinieron otros conquistadores: Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pedro de Mendoza, y una larga lista de hombres movidos por la sed de oro y poder. Aquella invasión dejó un saldo devastador: millones de vidas indígenas perdidas en las minas, los campos de batalla y las plantaciones. América fue saqueada, y su riqueza natural y humana sirvió para alimentar las arcas de los imperios europeos.

12 de Octubre: una fecha para reflexionar

De “Día de la Raza” a “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”

Durante más de un siglo, el 12 de octubre fue presentado en los calendarios escolares como una celebración. Pero en el año 2010, Argentina dio un paso histórico al renombrar esta fecha como “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”.

Este cambio no fue una mera cuestión semántica: fue un acto de justicia simbólica. Reconoció que la historia debía contarse desde una perspectiva más amplia, donde todas las voces —no solo las europeas— tuvieran lugar. El nuevo nombre refleja el valor que la Constitución Nacional y los tratados internacionales de derechos humanos otorgan a la pluralidad étnica y cultural.

El giro de “celebración” a “reflexión” marca un cambio de paradigma: pasamos de enaltecer la conquista a valorar las identidades que resistieron. Reconocer la diversidad cultural significa aceptar que en este continente conviven, desde hace milenios, cientos de culturas con sus propias lenguas, creencias, medicinas, artes y formas de entender el mundo.

Los pueblos originarios: memoria, resistencia y dignidad

Los pueblos indígenas han sido —y siguen siendo— víctimas de una discriminación histórica y estructural. Durante siglos se los intentó borrar o reducir a la idea de “barbarie” frente a una supuesta “civilización”.

Pero sus culturas no son reliquias del pasado. Sus idiomas no son dialectos menores. Sus conocimientos sobre la tierra, la medicina o el clima no son supersticiones, sino saberes ancestrales que resguardan un profundo equilibrio con la naturaleza.

Reconocer su valor no solo es un acto de respeto, sino también una deuda moral. Negar su identidad implica negar derechos fundamentales y perpetuar la exclusión. Cuando comprendemos esto, entendemos que la diversidad no nos divide: nos enriquece.

Un compromiso con el presente y el futuro

El Día del Respeto a la Diversidad Cultural no busca culpables, sino conciencia. Es una invitación a repensar nuestra historia desde la verdad, a mirar a quienes fueron silenciados y a construir una sociedad donde todas las voces sean escuchadas.

Vivimos en un continente extraordinariamente diverso. Cada lengua, cada canto, cada tejido y cada rito forman parte del gran mosaico que nos define como pueblos latinoamericanos.

Hablar con los más pequeños sobre esta fecha es fundamental. Ellos son las raíces del futuro, la semilla de una sociedad más justa, empática y plural. Enseñarles que no existe una única forma de ser o pensar es el primer paso para erradicar el racismo y la desigualdad que todavía persisten.

Un día para recordar, respetar y transformar

El 12 de octubre ya no puede ser un día de festejo vacío. Debe ser un día de reflexión profunda, de memoria y de acción.

Recordar lo ocurrido no es mirar el pasado con rencor, sino con aprendizaje. Es reconocer que la historia de América no comenzó en 1492, sino mucho antes, con civilizaciones que levantaron ciudades, desarrollaron astronomía, arte, medicina y sabiduría.

El desafío actual es mantener viva esa herencia, protegerla y transmitirla. El respeto a la diversidad cultural no es solo un derecho: es una responsabilidad compartida.

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