Hay figuras en la historia de Roma cuyo recuerdo causa fascinación y rechazo al mismo tiempo. Uno de ellos es Cómodo, el emperador que creyó que su destino no estaba en los salones del poder, sino en la arena, bajo el sol y la sangre de los gladiadores. Pero detrás de ese espectáculo que parecía puro entretenimiento, se escondía un capítulo oscuro que marcaría el principio del fin para la grandeza del Imperio romano.
Lo curioso —y perturbador— es que cuanto más intentaba Cómodo imitar a los héroes mitológicos, más se alejaba del ideal de gobernante que Roma necesitaba. Y ese contraste es justamente lo que explica su caída… una caída que empezó en la arena y terminó en una habitación, estrangulado por quien menos lo esperaba.
El hijo “dudoso” de Marco Aurelio
Cómodo nació en el seno de una de las dinastías más respetadas del Imperio: la Antonina. Oficialmente, era hijo del gran Marco Aurelio, el emperador filósofo. Pero los rumores, que en Roma corrían más rápido que las legiones, decían otra cosa.
Se murmuraba que Faustina, esposa de Marco Aurelio, había tenido un amorío con un gladiador durante unas vacaciones en la costa de Caieta. El parecido del niño con ciertos luchadores alimentó la maledicencia popular, y aunque no existe evidencia sólida, este rumor acompañó a Cómodo toda su vida.
En una sociedad donde el linaje era sagrado, insinuar que el emperador era hijo de un gladiador era insultar su autoridad. Y, paradójicamente, él mismo terminó reforzando esa leyenda con sus decisiones.
Un emperador obsesionado con la arena
Desde joven, Cómodo mostró un interés inusual por los espectáculos de gladiadores. Lo que para otros emperadores era un entretenimiento, para él se convirtió en un escenario compulsivo. No quería ser espectador: quería ser protagonista.
No tardó en presentarse en público vestido como gladiador, algo que escandalizó a los romanos. Para ellos, el emperador representaba la dignitas, la solemnidad del poder. Verlo sudando, luchando y exhibiéndose como un combatiente común era un sacrilegio.
Pero Cómodo no se conformó con simples apariciones. Quiso demostrar que era el mejor gladiador de Roma. Aseguró haber ganado más de setecientos combates —una cifra tan exagerada como improbable.
Los historiadores creen que la mayoría de estos “enfrentamientos” estaban arreglados:
Cómodo usaba armas superiores.
Los rivaleseran debilitados antes del combate, probablemente con sedantes o plantas mezcladas en la comida.
Otros gladiadores simplemente no se atrevían a tocar al emperador.
Era un espectáculo, sí, pero no un combate real. Y el costo era enorme: cada aparición de Cómodo costaba alrededor de un millón de sestercios, una cifra que drenó las arcas imperiales y desestabilizó una economía que había sido próspera bajo sus predecesores.
Cómodo como Hércules: poder, locura y crueldad
Con el paso del tiempo, la afición del emperador por la arena se volvió todavía más extravagante. Cómodo empezó a presentarse como una encarnación de Hércules, con piel de león y maza en mano. Ordenó esculturas que lo representaran como el héroe mitológico y se refería a sí mismo como “el nuevo Hércules”.
Pero más preocupante que su vanidad era su creciente crueldad. Muchos oficiales militares lo despreciaban profundamente, sobre todo cuando obligaba a soldados heridos —hombres que habían perdido brazos o piernas en la guerra— a aparecer en el anfiteatro, maniatados y amordazados, solo para que él los ejecutara con una espada.
A veces ni siquiera eran soldados: también ciudadanos que habían perdido un pie en accidentes eran enviados a la arena para convertirse en víctimas del emperador.
Lo que para él era un “espectáculo”, para Roma era un horror. El rechazo empezó a gestarse dentro del Senado, del ejército y del propio palacio.
El complot que selló su destino
El final de Cómodo llegó, irónicamente, por mano de quienes más cerca estaban de él.
Su amante y esclava, Marcia, junto con su chambelán y varios conspiradores, decidió actuar al ver que los comportamientos del emperador se volvían cada vez más peligrosos. Era 31 de diciembre. Prepararon un veneno que Marcia le dio mezclado en su bebida.
Pero Cómodo era fuerte, y el veneno no surtió efecto. Fue entonces cuando entró en escena una figura clave: Narciso, un atleta profesional que trabajaba como entrenador y compañero de lucha libre del emperador.
Narciso, harto de las humillaciones y de la crueldad que Cómodo mostraba hacia quienes eran como él, tomó la decisión que cambiaría la historia: lo estranguló. Así murió el emperador que soñaba con ser gladiador, no en la arena, sino en su propia habitación, a manos de alguien que había entrenado para convertirlo en un espectáculo viviente.
El legado de un emperador que confundió poder con espectáculo
La muerte de Cómodo marcó simbólicamente el final de la edad dorada del Imperio romano. Tras él, Roma entró en un periodo convulso conocido como el “Año de los Cinco Emperadores”.
Su reinado es recordado como el momento en que la línea entre autoridad y espectáculo se rompió. Cómodo gobernó como si el Coliseo fuera su palacio y su pueblo, su audiencia.
Más que un gobernante, quiso ser un gladiador inmortal, pero terminó siendo recordado como un ejemplo de cómo el exceso, la vanidad y la crueldad pueden destruir incluso al hombre más poderoso del mundo.





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