Hay historias que, pese a haber ocurrido hace más de quinientos años, siguen teniendo la fuerza suficiente como para obligarnos a detenernos y preguntarnos qué queda fuera de los relatos oficiales. Esta es una de ellas. Una historia en la que no aparecen reyes ni capitanes famosos, sino un perro; un guerrero de cuatro patas cuya lealtad terminó convirtiéndolo en una figura casi legendaria dentro de la conquista de América. Si sigues leyendo, descubrirás por qué Becerrillo, un alano español, se ganó un lugar en la memoria del Imperio y en las mejores historias de perros. Y quizá, al final, entiendas por qué algunos cronistas decían que aquel animal “peleó como si hubiese sido consciente de la importancia de su deber”.
Un arma inesperada en las carabelas
Cuando pensamos en los conquistadores españoles viajando hacia el Nuevo Mundo, solemos imaginar armaduras brillantes, arcabuces, espadas y los famosos caballos que tanto impacto causaron en los pueblos indígenas. Pero rara vez pensamos en otra de las “armas vivientes” que viajaron en las mismas naves: los perros de presa.
En los fondos oscuros de carabelas y galeones viajaban decenas de canes entrenados para la guerra. No eran simples animales de compañía: los conquistadores los utilizaban como guardianes nocturnos, perros de rastreo, compañeros de campaña y, en momentos extremos, como combatientes. Los cronistas mencionan mastines, sabuesos, galgos y, sobre todo, los alanos españoles, una raza fuerte, robusta y habituada a acompañar a los soldados desde la Edad Media.
Entre todos ellos hubo uno que destacó por encima del resto, tanto por su valentía como por la huella que dejó en quienes lo conocieron. Su nombre era Becerrillo.
Un alano español con fama ganada a pulso
Según la Real Sociedad Canina de España, el alano español era un perro temido en los campos de batalla. Medía alrededor de 60 centímetros a la cruz, pesaba entre 35 y 45 kilos y tenía la fortaleza suficiente como para derribar presas grandes o resistir largas jornadas al servicio de sus dueños. Su origen se remonta, probablemente, a los perros de presa traídos por los pueblos bárbaros tras la caída del Imperio romano.
Becerrillo encarnaba todas esas características, pero además tenía algo más: una inteligencia y disciplina que sorprendían incluso a quienes estaban acostumbrados a entrenar animales para la guerra. Los conquistadores decían que distinguía perfectamente a aliados de enemigos y que jamás atacaba a un inocente.
Su fama se extendió rápidamente por Puerto Rico y otras zonas del Caribe, hasta el punto de que los indígenas lo conocían por su nombre y temían verlo aparecer junto a los soldados españoles.
El compañero inseparable de Sancho de Arango
Los últimos años de la vida de Becerrillo estuvieron ligados a un hombre: el capitán Sancho de Arango, un hidalgo castellano descrito por los cronistas como valiente, directo y ferozmente leal a los suyos. El historiador Cayetano Coll y Toste afirmaba que Arango quería a su perro con la devoción con la que los caballeros del Renacimiento amaban su espada o su caballo.
Juntos participaron en campañas, guardias nocturnas y misiones arriesgadas. Arango confiaba en Becerrillo como en ningún otro soldado. El perro, por su parte, lo protegía con una fidelidad que hoy solo podemos describir como absoluta.
La batalla que marcó su destino
En 1514, Puerto Rico vivió uno de sus episodios más sangrientos. Un cacique local, Yaureybo, reunió a un grupo numeroso de guerreros caribes y lanzó un ataque sorpresa sobre la zona donde vivían Arango y su perro. Las defensas eran escasas y los españoles sabían que, si los indígenas tomaban el poblado, no habría piedad para nadie.
Sancho de Arango, herido en su orgullo y en su deber, se preparó para la batalla. Llevaba su espada, su coraza… y, por supuesto, a Becerrillo, quien vestía una armadura ligera de algodón especialmente diseñada para perros de guerra.
Al grito de “¡Santiago!”, el capitán se lanzó al combate. Los crónicas narran que abrió hueco entre los atacantes, pero la superioridad numérica era abrumadora. Dos flechas atravesaron su muslo y, debilitado por la sangre, comenzó a perder terreno.
Fue entonces cuando Becerrillo tomó la iniciativa. El perro, al ver caer a su amo, se lanzó contra los enemigos sin dudarlo. Mordió, empujó, derribó y obligó a los caribes a retroceder lo suficiente como para evitar que capturaran a Arango. Su ferocidad era tal que algunos guerreros dudaron en acercarse.
Pero el destino ya estaba escrito. Una flecha envenenada impactó en el costado del perro y, pese a su resistencia, sus fuerzas comenzaron a fallar. Murió poco después, habiendo cumplido su misión: impedir que su amo fuese apresado.
Sancho de Arango también cayó en aquella jornada, pero la hazaña del perro quedó grabada en la memoria de quienes sobrevivieron.
Un legado que no terminó con su muerte
La historia no acaba en 1514. Se dice que Becerrillo tuvo un hijo, Leoncico, que se convirtió en el perro de Vasco Núñez de Balboa y que heredó muchas de las cualidades de su padre. Su presencia en las exploraciones del istmo de Panamá contribuyó a que la fama de los alanos españoles se extendiera todavía más.
Con el paso del tiempo, Becerrillo dejó de ser solo un perro de guerra: se convirtió en un símbolo de lealtad, una leyenda que ha sobrevivido gracias a los relatos orales, los cronistas y la fascinación que despierta cualquier acto de valentía que desafía lo que entendemos como “animal”.
Hoy, su nombre aparece en libros de historia, artículos y estudios sobre la conquista de América. Y aunque nunca sabremos cuántas de las historias sobre él fueron reales y cuántas exageradas, lo cierto es que su figura sigue siendo una de las más llamativas y desconocidas del periodo colonial.





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