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lunes, 19 de enero de 2026

Groenlandia y el Tratado de Tordesillas: la disputa histórica que vuelve con Trump

Durante siglos, Groenlandia fue una pieza silenciosa del tablero geopolítico. Lejana, helada, aparentemente marginal. Y sin embargo, hoy vuelve a ocupar titulares mundiales tras las declaraciones de Donald Trump, quien expresó abiertamente su interés en comprar —o incluso controlar— la isla. La pregunta surge casi de inmediato:

¿no estaba todo esto resuelto desde finales del siglo XV?

La respuesta corta es no.

La larga… empieza en 1494.

Groenlandia y el Tratado de Tordesillas: la disputa histórica que vuelve con Trump

El Tratado de Tordesillas y una línea que nunca fue tan clara

En 1494, las coronas de Castilla y Portugal firmaron el Tratado de Tordesillas, un acuerdo destinado a evitar conflictos por los territorios descubiertos durante la expansión atlántica. El tratado trazaba una línea imaginaria de norte a sur que dividía el mundo “por descubrir” en dos grandes esferas de influencia.

Sobre el papel, parecía una solución elegante.

En la práctica, era un acuerdo lleno de ambigüedades: mapas incompletos, cálculos imprecisos y una geografía que Europa apenas empezaba a comprender.

Groenlandia quedaba en una zona borrosa, mal definida, pero potencialmente dentro del hemisferio portugués, al menos según algunas interpretaciones de la época.

Gaspar Corte-Real y la exploración portuguesa del norte

En 1500, el rey Manuel I de Portugal envió al navegante Gaspar Corte-Real hacia el Atlántico norte. El objetivo era claro: encontrar un paso hacia Asia por el noroeste, una ruta que, según el Tratado de Tordesillas, estaría bajo influencia portuguesa.

Corte-Real alcanzó Groenlandia y exploró su costa meridional. Al año siguiente regresó junto a su hermano Miguel. El hielo cerró el paso y ambos decidieron navegar hacia el sur, llegando a Labrador y Terranova. Miguel nunca regresó a Portugal.

Pero el viaje no fue en vano: la información cartográfica recopilada se integró en uno de los documentos más importantes de la historia de la cartografía.

El mapa de Cantino: Groenlandia entra en el mapa del mundo

En 1502, el llamado Planisferio de Cantino fue presentado en Italia por el espía y cartógrafo Alberto Cantino. Este mapa, elaborado en Lisboa, mostraba con sorprendente precisión la costa sur de Groenlandia y, por primera vez, representaba de forma completa la Línea de Tordesillas.

No era un mapa cualquiera.

Era una declaración política.

Portugal estaba dejando constancia visual de su conocimiento —y por tanto, de su posible derecho— sobre esos territorios. Groenlandia aparecía ya no como un mito vikingo, sino como una tierra real, localizada y cartografiada.

Del mundo nórdico a la soberanía danesa

Tras la desaparición de los asentamientos vikingos medievales, Groenlandia quedó habitada exclusivamente por pueblos inuit. No existía un Estado europeo permanente en la isla, pero Dinamarca heredó las reclamaciones territoriales de los antiguos nórdicos y nunca renunció formalmente a ellas.

A comienzos del siglo XVII, Dinamarca restableció contacto con Groenlandia y reafirmó su soberanía. El paso definitivo llegó en 1721, cuando se envió una expedición mercantil y religiosa liderada por el misionero danés-noruego Hans Egede.

Egede creía que aún podían existir comunidades nórdicas cristianas. No las encontró, pero sentó las bases de la colonización danesa moderna. Tras quince años en la isla, dejó la misión en manos de su hijo Paul Egede, quien fundó un seminario y consolidó la presencia institucional.

El Tratado de Kiel y el conflicto con Noruega

En 1814, el Tratado de Kiel disolvió la unión entre Dinamarca y Noruega. Las antiguas colonias noruegas —incluida Groenlandia— quedaron bajo control exclusivo de la corona danesa.

Noruega no aceptó del todo esta situación. En 1931, ocupó una parte deshabitada de la costa oriental de Groenlandia, declarándola “Tierra de Erik el Rojo” y argumentando que se trataba de terra nullius. El conflicto llegó a los tribunales internacionales en 1933, donde Dinamarca obtuvo la victoria definitiva.

Desde entonces, la soberanía danesa sobre Groenlandia quedó jurídicamente consolidada.

¿Y entonces… por qué vuelve a discutirse hoy?

Aquí entra el siglo XXI.

Groenlandia no es solo hielo: es posición estratégica, rutas árticas emergentes, recursos minerales y una ubicación clave entre América y Europa. Estados Unidos ya tiene presencia militar en la isla desde la Guerra Fría, pero las declaraciones de Trump reabrieron un debate incómodo.

No se trata de tratados medievales, sino de geopolítica contemporánea. Sin embargo, el pasado importa: demuestra que Groenlandia nunca fue una tierra “olvidada”, sino una pieza disputada desde los albores de la expansión europea.

Una isla, quinientos años de disputas

Lejos de haberse “arreglado” en 1494, Groenlandia ha sido objeto de exploraciones, mapas estratégicos, misiones religiosas, disputas diplomáticas y juicios internacionales. El Tratado de Tordesillas fue solo el primer capítulo de una historia larga y compleja.

Hoy, cuando vuelve a mencionarse su posible compra o control, conviene recordar algo esencial:

Groenlandia no es un vacío histórico. Es un territorio con siglos de memoria política.

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sábado, 29 de noviembre de 2025

Becerrillo: el perro héroe de los conquistadores españoles cuya leyenda aún sorprende

Hay historias que, pese a haber ocurrido hace más de quinientos años, siguen teniendo la fuerza suficiente como para obligarnos a detenernos y preguntarnos qué queda fuera de los relatos oficiales. Esta es una de ellas. Una historia en la que no aparecen reyes ni capitanes famosos, sino un perro; un guerrero de cuatro patas cuya lealtad terminó convirtiéndolo en una figura casi legendaria dentro de la conquista de América. Si sigues leyendo, descubrirás por qué Becerrillo, un alano español, se ganó un lugar en la memoria del Imperio y en las mejores historias de perros. Y quizá, al final, entiendas por qué algunos cronistas decían que aquel animal “peleó como si hubiese sido consciente de la importancia de su deber”.

Becerrillo: el perro héroe de los conquistadores españoles cuya leyenda aún sorprende

Un arma inesperada en las carabelas

Cuando pensamos en los conquistadores españoles viajando hacia el Nuevo Mundo, solemos imaginar armaduras brillantes, arcabuces, espadas y los famosos caballos que tanto impacto causaron en los pueblos indígenas. Pero rara vez pensamos en otra de las “armas vivientes” que viajaron en las mismas naves: los perros de presa.

En los fondos oscuros de carabelas y galeones viajaban decenas de canes entrenados para la guerra. No eran simples animales de compañía: los conquistadores los utilizaban como guardianes nocturnos, perros de rastreo, compañeros de campaña y, en momentos extremos, como combatientes. Los cronistas mencionan mastines, sabuesos, galgos y, sobre todo, los alanos españoles, una raza fuerte, robusta y habituada a acompañar a los soldados desde la Edad Media.

Entre todos ellos hubo uno que destacó por encima del resto, tanto por su valentía como por la huella que dejó en quienes lo conocieron. Su nombre era Becerrillo.

Un alano español con fama ganada a pulso

Según la Real Sociedad Canina de España, el alano español era un perro temido en los campos de batalla. Medía alrededor de 60 centímetros a la cruz, pesaba entre 35 y 45 kilos y tenía la fortaleza suficiente como para derribar presas grandes o resistir largas jornadas al servicio de sus dueños. Su origen se remonta, probablemente, a los perros de presa traídos por los pueblos bárbaros tras la caída del Imperio romano.

Becerrillo encarnaba todas esas características, pero además tenía algo más: una inteligencia y disciplina que sorprendían incluso a quienes estaban acostumbrados a entrenar animales para la guerra. Los conquistadores decían que distinguía perfectamente a aliados de enemigos y que jamás atacaba a un inocente.

Su fama se extendió rápidamente por Puerto Rico y otras zonas del Caribe, hasta el punto de que los indígenas lo conocían por su nombre y temían verlo aparecer junto a los soldados españoles.

El compañero inseparable de Sancho de Arango

Los últimos años de la vida de Becerrillo estuvieron ligados a un hombre: el capitán Sancho de Arango, un hidalgo castellano descrito por los cronistas como valiente, directo y ferozmente leal a los suyos. El historiador Cayetano Coll y Toste afirmaba que Arango quería a su perro con la devoción con la que los caballeros del Renacimiento amaban su espada o su caballo.

Juntos participaron en campañas, guardias nocturnas y misiones arriesgadas. Arango confiaba en Becerrillo como en ningún otro soldado. El perro, por su parte, lo protegía con una fidelidad que hoy solo podemos describir como absoluta.

La batalla que marcó su destino

En 1514, Puerto Rico vivió uno de sus episodios más sangrientos. Un cacique local, Yaureybo, reunió a un grupo numeroso de guerreros caribes y lanzó un ataque sorpresa sobre la zona donde vivían Arango y su perro. Las defensas eran escasas y los españoles sabían que, si los indígenas tomaban el poblado, no habría piedad para nadie.

Sancho de Arango, herido en su orgullo y en su deber, se preparó para la batalla. Llevaba su espada, su coraza… y, por supuesto, a Becerrillo, quien vestía una armadura ligera de algodón especialmente diseñada para perros de guerra.

Al grito de “¡Santiago!”, el capitán se lanzó al combate. Los crónicas narran que abrió hueco entre los atacantes, pero la superioridad numérica era abrumadora. Dos flechas atravesaron su muslo y, debilitado por la sangre, comenzó a perder terreno.

Fue entonces cuando Becerrillo tomó la iniciativa. El perro, al ver caer a su amo, se lanzó contra los enemigos sin dudarlo. Mordió, empujó, derribó y obligó a los caribes a retroceder lo suficiente como para evitar que capturaran a Arango. Su ferocidad era tal que algunos guerreros dudaron en acercarse.

Pero el destino ya estaba escrito. Una flecha envenenada impactó en el costado del perro y, pese a su resistencia, sus fuerzas comenzaron a fallar. Murió poco después, habiendo cumplido su misión: impedir que su amo fuese apresado.

Sancho de Arango también cayó en aquella jornada, pero la hazaña del perro quedó grabada en la memoria de quienes sobrevivieron.

Un legado que no terminó con su muerte

La historia no acaba en 1514. Se dice que Becerrillo tuvo un hijo, Leoncico, que se convirtió en el perro de Vasco Núñez de Balboa y que heredó muchas de las cualidades de su padre. Su presencia en las exploraciones del istmo de Panamá contribuyó a que la fama de los alanos españoles se extendiera todavía más.

Con el paso del tiempo, Becerrillo dejó de ser solo un perro de guerra: se convirtió en un símbolo de lealtad, una leyenda que ha sobrevivido gracias a los relatos orales, los cronistas y la fascinación que despierta cualquier acto de valentía que desafía lo que entendemos como “animal”.

Hoy, su nombre aparece en libros de historia, artículos y estudios sobre la conquista de América. Y aunque nunca sabremos cuántas de las historias sobre él fueron reales y cuántas exageradas, lo cierto es que su figura sigue siendo una de las más llamativas y desconocidas del periodo colonial.

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