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jueves, 1 de octubre de 2026

Figuras de Teotihuacán que guardan otras figuras: ¿qué significan?

Una figura de cerámica puede esconder otra historia bajo su superficie. En algunas esculturas de estilo teotihuacano, una abertura permite descubrir pequeñas figuras dentro del cuerpo. ¿Representaban personas, dioses o algo que sus creadores no querían mostrar siempre? El detalle más intrigante no es solamente lo que contienen: es que el exterior y el interior parecen ofrecer dos maneras distintas de mirar una misma pieza. Para acercarnos a ese misterio, primero hay que separar lo que podemos observar de lo que todavía intentamos interpretar.

Qué son las figuras anfitrionas de Teotihuacán

Estas piezas suelen recibir el nombre de figuras anfitrionas, o host figurines, porque una figura principal alberga otras más pequeñas. No todas conservan el mismo aspecto. Algunas permiten acceder al interior mediante una placa que cubre el pecho; otras tienen un cuerpo separable. La figurilla identificada con el número 30.1/9188, por ejemplo, posee un frente desmontable y pequeñas representaciones de barro aplicadas dentro. Una interpretación la relaciona con una cueva mítica de origen, aunque esa lectura no constituye una explicación comprobada.

El fragmento 230:1978 muestra otra situación: conserva una pequeña figura en la cavidad del pecho, pero perdió la placa que habría servido para ocultarla. Está fechado aproximadamente entre 250 y 600 d. C. La pérdida de esa tapa cambia nuestra experiencia al observarlo. Hoy vemos permanentemente algo que antes podía quedar cubierto. Esa diferencia invita a pensar en el papel de abrir y cerrar, sin permitirnos reconstruir una ceremonia concreta ni asegurar quién tenía acceso a ella.

Por qué no podemos decir que solo existen trece o catorce

La afirmación de que únicamente existen catorce figuras resulta llamativa, pero necesita una comprobación que no tenemos. Annabel Villalonga Gordaliza y Natàlia Moragas estudiaron trece ejemplares en una investigación publicada en 2022. Ese número corresponde a su muestra de trabajo, no a todos los objetos existentes. Solo dos de los trece tenían una procedencia arqueológica controlada. Además, las investigadoras señalan que no hay acuerdo sobre la cronología y revisan tanto fechas de 550–650 d. C. como propuestas anteriores.

Encontrar una pieza en una excavación documentada permite conocer su relación con construcciones, depósitos y otros objetos. Una escultura que llegó a una colección sin esos datos conserva su valor artístico, pero pierde parte de las pistas necesarias para explicar su uso. También por eso conviene desconfiar de una fecha única para todas las figuras. Un catálogo puede fechar un objeto concreto; extender ese resultado a cualquier pieza parecida sería saltarse una parte importante del razonamiento.

El ejemplo de Guatemala y la pieza fotografiada

Un ejemplar vinculado a Tiquisate, en la región de Escuintla, Guatemala, está fechado entre 550 y 650 d. C. Mide 37,5 centímetros de altura y combina cerámica, pigmento y pirita, un mineral brillante. Su placa pectoral removible revela figuras y medallones adheridos al interior. Hay dos pequeñas representaciones en las piernas y una mayor en el torso; también aparece una figura en la propia placa. Los restos de color rojo y los ojos con pirita recuerdan que no debemos imaginar estas esculturas como objetos originalmente desprovistos de color.

Su procedencia añade una distinción fundamental: una obra de estilo teotihuacano no tiene por qué haber sido encontrada en Teotihuacán. La semejanza visual permite plantear relaciones entre lugares, pero no borrar sus diferencias. La pieza fotografiada para este artículo pertenece a otro caso: es la terracota identificada como 70.2001.14.1, de la colección del musée du quai Branly. La fotografía de Rama documenta ese objeto, no el ejemplar guatemalteco. Una imagen ayuda a comprender el tema cuando conserva su identidad, en lugar de ilustrar todas las piezas como si fueran intercambiables.

Ancestros, cuerpos y otras interpretaciones posibles

Una propuesta de la investigación de 2022 relaciona estas figuras con la veneración doméstica de los ancestros. El ejemplar excavado en Tlajinga 33 apareció en un conjunto residencial de Teotihuacán, asociado a once figurillas y un recipiente. Ese contexto permite estudiar una posible relación con la vida del grupo que habitaba allí. Sin embargo, asociación no significa que las once miniaturas estuvieran dentro de la figura, ni convierte la hipótesis del culto a los antepasados en una función demostrada para todas las piezas.

El atractivo de esta interpretación es que trata de explicar la relación entre una figura que contiene y otras que quedan protegidas u ocultas. Pero una imagen no se descifra únicamente por lo que a nosotros nos recuerda. Una cavidad corporal puede sugerir muchas cosas al espectador actual; reconocer ese efecto visual es distinto de conocer la intención antigua. Tampoco basta la semejanza con un recipiente para llamarla urna funeraria. Para afirmar que guardaba cenizas haría falta evidencia de ese contenido, no solamente una forma que nos parece adecuada para contenerlo.

Cómo mirar el interior sin inventar su significado

En la conversación de Facebook que volvió a despertar interés por estas figuras, algunas personas propusieron una relación con la anatomía al observar el exterior y el interior; otras hablaron de conciencia o ancestros. Son preguntas de lectores, no pruebas ni un consenso especializado. Pueden servir como punto de partida para mirar con atención la alfarería y la disposición de las miniaturas. Lo que no corresponde es convertir una comparación sugerente en la respuesta histórica que todavía estamos buscando.

Algo parecido ocurre cuando nos acercamos a la historia de la pintura de las cuevas: observar una imagen antigua exige resistir la tentación de asignarle un significado universal. También ayuda elegir un buen libro de historia que explique cómo se sostienen sus afirmaciones. En estas esculturas, la puerta de entrada más interesante sigue siendo una pregunta concreta: ¿qué cambiaba cuando alguien podía ver las figuras interiores? La cerámica conserva esa posibilidad de revelar y ocultar. Comprender qué significaba para sus creadores exige acompañar la imagen con su contexto, sin quitarle el misterio ni llenarlo con respuestas inventadas.

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Artigas en Paraguay: por qué se quedó y qué sabemos de su exilio

José Gervasio Artigas pasó sus últimos treinta años en Paraguay. La pregunta parece inevitable: ¿por qué una figura central de la historia uruguaya no regresó? No fue simplemente porque nunca tuviera una oportunidad. En 1841 recibió una invitación para volver y decidió quedarse. Cinco años después, su hijo lo visitó y transmitió un relato de su vida cotidiana. Entre ambos episodios aparece una historia más concreta que las versiones que lo explican todo por resentimiento, resignación o fidelidad a un ideal.

Para entenderla hay que recorrer tres momentos: el final de su etapa militar, los años de trabajo en Curuguaty y la vejez en Ibiray. Los documentos muestran cambios de residencia, ofrecimientos y vínculos personales. También permiten distinguir una decisión registrada de una interpretación sobre sus motivos.

El camino al exilio en 1820

El comienzo de 1820 fue un golpe para el movimiento artiguista. El 22 de enero, las tropas orientales dirigidas por Andrés Latorre fueron derrotadas por los portugueses en la batalla de Tacuarembó. Artigas no estaba al frente de esas fuerzas: se encontraba en Mataojo. Después buscó reunir nuevos apoyos al otro lado del río Uruguay. La derrota formaba parte de un escenario más amplio, marcado por la ocupación portuguesa iniciada en 1816, el conflicto con Buenos Aires y el alejamiento de caudillos del litoral.

El 5 de septiembre de 1820 cruzó el Paraná e ingresó en Paraguay por Itapúa, la actual Encarnación. Gaspar Rodríguez de Francia le concedió refugio. No era la llegada de un dirigente que comenzaba otra campaña en condiciones semejantes a las anteriores: su vida entraba en una etapa distinta, bajo las decisiones de un gobierno extranjero. La pregunta por qué llegó a Paraguay tiene, por tanto, un contexto político y militar; la pregunta por qué permaneció allí durante décadas necesita seguir lo que ocurrió después.

Los años de Artigas en Curuguaty

Entre 1821 y 1845 vivió en la villa de Curuguaty, donde se dedicó a labores agrícolas y a la enseñanza. Ese período representa la mayor parte de su estancia paraguaya. El hombre asociado a ejércitos, instrucciones políticas y grandes disputas pasó a ser recordado también por tareas de la vida rural. Esta dimensión suele recibir menos atención que su trayectoria pública, pero ayuda a comprender cómo transcurrieron los años entre la llegada y su última residencia.

El cambio no borró su identidad anterior. La documentación conservada seguía nombrándolo y los gobiernos continuaban ocupándose de su situación. Lo que cambió fue el lugar que esa identidad tenía en la vida diaria: cultivar la tierra era una actividad concreta, muy diferente de conducir fuerzas militares. Además, Curuguaty e Ibiray no deben confundirse. Sus últimos años, desde 1845 hasta 1850, transcurrieron en la zona de Asunción. Separar esos lugares permite reconocer que tampoco su exilio fue una estancia inmóvil.

La invitación a regresar que no aceptó en 1841

Tras la muerte de Francia, el nuevo gobierno paraguayo le comunicó plena libertad para volver a su país. Artigas pidió permanecer. El índice del Archivo Artigas permite seguir la correspondencia de 1841 vinculada a ese episodio. Registra una invitación del presidente Fructuoso Rivera, la intervención de los cónsules paraguayos y las comunicaciones del comandante Juan Manuel Gauto. Se trató de un ofrecimiento que pasó por canales oficiales y dejó un rastro documental.

La secuencia incluye un informe de Gauto del 7 de diciembre sobre la negativa de Artigas a aceptar la oferta de Rivera y una comunicación de los cónsules del 10 de diciembre que notifica su decisión. Estas referencias ayudan a precisar algo esencial: en aquel momento, permanecer en Paraguay fue una elección registrada. Una descripción de archivo permite localizar esas piezas; para reproducir todas sus palabras habría que consultar cada documento completo, y no reemplazarlo por un diálogo imaginado.

El episodio tampoco ocurrió inmediatamente después de la derrota. Habían pasado más de veinte años desde su llegada. La posibilidad de regresar se presentaba a alguien cuya vida ya había transcurrido durante mucho tiempo en otro entorno. Eso no demuestra una causa sentimental única, pero sí explica por qué conviene leer la invitación en su fecha y contexto, en lugar de tratarla como un trámite que podía deshacer todo lo vivido.

La visita de José María y el relato de 1846

En 1846, José María Artigas visitó a su padre en Ibiray. Sus declaraciones dieron origen a un relato publicado el 1 de julio en El Constitucional. La transcripción conservada lo muestra trabajando la tierra, limpiando terreno y utilizando bueyes y arados. En su última residencia, ocupaba una quinta facilitada por Carlos Antonio López, cerca de su familia. El texto también describe la ayuda que recibía en alimentos, ropa y otros enseres.

Ese retrato cotidiano incluye a un Artigas que se limitaba a pedir lo indispensable, agradecía los cuidados y todavía cabalgaba en un caballo zaino. Son detalles que el relato de época transmite con un tono favorable al antiguo dirigente y a sus benefactores. La gratitud aparece, entonces, como parte de esa descripción; no hace falta inventarla, pero tampoco convertirla automáticamente en la explicación de todas sus decisiones. El testimonio llega mediante las declaraciones del hijo y su publicación, no como una carta autógrafa del padre.

Hay una diferencia importante respecto de algunas versiones actuales: esa transcripción no cuenta que José María le propusiera regresar y que Artigas rechazara volver con él. La visita permite acercarse a su vida en Ibiray; la negativa comprobada de 1841 corresponde a otro episodio. Mantener separados ambos momentos conserva lo que aporta cada testimonio y evita construir una escena familiar que el texto consultado no incluye.

El retrato de Demersay y los últimos años

Otra mirada contemporánea es el retrato del natural que Alfred Demersay realizó en Paraguay en 1847. Artigas aparece anciano, de perfil, sentado, con poncho y bastón. Es un documento visual de esa etapa, muy diferente de las imágenes posteriores que lo representan como un jefe joven y enérgico. Se trata de un retrato histórico, no de una fotografía, y muestra por qué las distintas representaciones del mismo personaje pueden responder a momentos e intenciones diferentes.

Artigas murió en la quinta de Ybiray, en Asunción, el 23 de septiembre de 1850, a los 86 años. Sus restos fueron repatriados en 1855. Los lugares de su estancia siguen formando parte de la memoria compartida entre Uruguay y Paraguay: el Solar de Curuguaty y su última morada en Asunción permiten seguir ese recorrido. En el solar de sus últimos años funciona la Escuela Solar de Artigas, una presencia uruguaya que da continuidad a ese vínculo.

Entonces, ¿por qué Artigas no volvió de Paraguay?

La respuesta más firme empieza por lo comprobado: en 1841 tuvo una oportunidad de regresar y prefirió quedarse. Para 1846, el testimonio relacionado con su hijo describía vínculos de hospitalidad y gratitud en el lugar donde vivía. Es razonable estudiar esos lazos, el tiempo transcurrido y el contexto político para entender su permanencia. Sin embargo, ninguno de esos elementos demuestra por sí solo una razón exclusiva, como el resentimiento contra Rivera o la renuncia a sus ideas.

En los comentarios del guardado de Facebook que motivó este artículo, una intervención planteaba justamente la necesidad de separar documentos y presunciones. Es una observación de esa conversación que ayuda a formular mejor la pregunta. Para profundizar, las claves sobre cómo elegir un libro de historia y examinar sus fuentes permiten reconocer quién cuenta un episodio y qué materiales utiliza.

Ese cuidado tiene una aplicación concreta también en la investigación sobre si se inundaba el Coliseo para celebrar naumaquias: los testimonios conservados no prueban todos los detalles que añaden las reconstrucciones posteriores. En el caso de Artigas, las fechas, la negativa de 1841, la visita de 1846 y el retrato de Demersay permiten contar una historia real. Su fuerza está en esos episodios, sin necesidad de inventar una confesión que cierre para siempre la pregunta.

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¿Se inundaba el Coliseo? Las naumaquias y el misterio de la arena

Un anfiteatro lleno de agua, pequeñas embarcaciones enfrentadas y miles de espectadores siguiendo una batalla desde las gradas. La imagen parece una escena inventada para una película, pero tiene una base en los relatos de la antigua Roma. El problema aparece cuando esa base se transforma en una historia demasiado perfecta: barcos enormes, canales secretos y una arena que podía llenarse y vaciarse como una bañera. ¿Se inundaba de verdad el Coliseo? Para responder hay que separar dos escenarios que muchas publicaciones mezclan y entender por qué los túneles que hoy vemos no resuelven por sí solos el misterio.

Las batallas navales organizadas como espectáculo se llamaban naumaquias. Los romanos podían prepararlas en recintos destinados a contener agua, y algunas fuentes antiguas también las sitúan dentro del anfiteatro inaugurado por Tito. Eso permite hablar de espectáculos acuáticos en los primeros tiempos del Coliseo. Sin embargo, no significa que conozcamos todos los detalles de su funcionamiento ni que cualquier reconstrucción espectacular sea fiel a lo que ocurrió. La historia resulta más interesante cuando conserva sus preguntas que cuando las tapa con una explicación sin pruebas.

Qué era una naumaquia y por qué impresionaba tanto

Una naumaquia era la representación de un enfrentamiento naval ante un público. El agua, las embarcaciones y los participantes convertían una batalla en un acontecimiento organizado para ser visto. A menudo se evocaban conflictos del pasado: no hacía falta que Roma estuviera librando esa guerra en aquel momento para utilizar sus nombres y sus bandos en el espectáculo. La función era ofrecer una escena reconocible y extraordinaria, con la capacidad del organizador para reunir personas y recursos en el centro de la atención.

Para el poder imperial, un espectáculo también podía ser una forma de mostrarse. El emperador aparecía como quien hacía posible lo excepcional, reunía a la multitud y ponía a su alcance una experiencia difícil de olvidar. Ese vínculo entre política y entretenimiento ayuda a comprender por qué las inauguraciones podían convertirse en grandes celebraciones. Para situar el origen de ese sistema, vale la pena leer sobre Octavio Augusto y la formación del poder imperial. Su nombre será importante al distinguir los escenarios acuáticos que aparecen en los relatos.

La inauguración del Coliseo y el relato de Dion Casio

La construcción del anfiteatro comenzó bajo Vespasiano, fue inaugurado por Tito en el año 80 y recibió trabajos posteriores durante el gobierno de Domiciano. No surgió, por tanto, como un edificio terminado de una vez y sin cambios. Hablar de su inauguración exige mirar una etapa concreta de su historia, en lugar de imaginar que todos sus espacios tenían ya la forma que conservaron después. Esa diferencia será decisiva al pensar en una arena con agua y en los recintos subterráneos.

Dion Casio cuenta que, durante las celebraciones de Tito, el anfiteatro se llenó de agua y se exhibieron animales habituados a moverse en ella. También describe un combate de embarcaciones que representaba una lucha entre corcireos y corintios. El pasaje es una de las razones por las que las naumaquias del Coliseo aparecen en tantos libros y artículos. No es una idea nacida solamente de una ilustración moderna: existe un testimonio antiguo que sitúa una escena naval en ese recinto.

Ahora bien, un relato histórico no equivale a un plano de ingeniería. Dion Casio escribió después de la época de Tito y su descripción no explica la profundidad del agua, las medidas de cada embarcación ni el tiempo necesario para preparar la arena. Podemos señalar lo que cuenta, pero no completar sus silencios con cifras inventadas. La misma precaución se aplica a los números de los espectáculos: si se utilizan cifras antiguas, hay que entenderlas como afirmaciones de una fuente, no como recuentos que podemos comprobar participante por participante.

El gran error: confundir el Coliseo con el recinto de Augusto

El propio Dion Casio pasa de los espectáculos del anfiteatro a otros celebrados fuera de él. Allí introduce un recinto acuático asociado a Augusto y describe una representación con unos tres mil participantes, seguida de una lucha terrestre y de la toma de una pequeña isla amurallada. Ese cambio de lugar es fundamental. Si alguien reúne todos los detalles del pasaje en una única escena, acaba colocando en el Coliseo elementos que el relato sitúa en otro espacio.

Suetonio también menciona una batalla naval entre las celebraciones de Tito, pero la ubica en la antigua naumaquia. Su referencia permite reconocer la importancia de ese segundo escenario. No dice expresamente que jamás hubiera agua dentro del anfiteatro; simplemente no conviene utilizar su descripción del otro recinto como si documentara el funcionamiento de la arena del Coliseo. Dos autores que hablan de una misma celebración pueden seleccionar episodios distintos sin ofrecer exactamente el mismo recorrido.

Así se entiende buena parte de la confusión actual. Una publicación comienza con la inauguración del Coliseo y, pocas líneas después, suma cifras, barcos y acciones procedentes de otro lugar. El resultado tiene fuerza visual, pero pierde precisión. La pregunta útil no es solo si Roma organizaba batallas navales, algo bien presente en sus relatos, sino dónde se desarrollaba cada una y qué afirma realmente la fuente sobre ese escenario.

Por qué los subterráneos cambiaron los espectáculos

Los restos que hoy se observan debajo de la arena invitan a una objeción lógica: ¿cómo podía cubrirse de agua un espacio lleno de pasillos y estructuras? La respuesta empieza por la transformación del edificio. En sus primeros tiempos hubo instalaciones subterráneas de madera. Durante el gobierno de Domiciano se desarrollaron estructuras de obra que permitían organizar mejor la aparición de animales, personas y elementos del espectáculo mediante elevadores y aberturas en la arena. Esta configuración permanente puso fin a los espectáculos acuáticos del anfiteatro.

Por eso, la imagen actual del interior no puede trasladarse sin más al año 80. El Coliseo tuvo distintas etapas y sus necesidades fueron cambiando. Una instalación pensada para elevar una jaula o hacer aparecer algo desde abajo no responde al mismo uso que un espacio preparado para contener agua. Reconocer esa evolución ayuda a evitar una falsa contradicción: lo que resultaba posible o se describía en una fase del edificio podía dejar de serlo tras una reforma.

Lo que todavía no podemos explicar con seguridad

La dificultad técnica sigue siendo una parte importante del tema. ¿Cuánto espacio habría para maniobrar? ¿Qué tamaño podían tener las embarcaciones? ¿Cómo se controlaba el agua? En los comentarios de la publicación de Facebook que motivó este artículo aparecían preguntas sobre el espacio disponible, la estructura de la arena y la posible confusión con otros estanques. Son dudas razonables de esa conversación, pero no pruebas de que un espectáculo ocurriera o fuera imposible.

Esas preguntas merecen una respuesta proporcionada a la evidencia. Las fuentes citadas no permiten ofrecer un volumen exacto de agua, un tiempo de llenado o una descripción completa de los conductos empleados. Tampoco autorizan a imaginar grandes barcos de guerra navegando con libertad como en mar abierto. Una representación naval dentro de un recinto limitado tendría condiciones distintas a una batalla real. Podemos reconocer esa diferencia sin inventar las medidas de las embarcaciones ni asegurar cómo se resolvía cada problema.

Los grabados y las reconstrucciones posteriores ayudan a imaginar la escena, pero cumplen otra función. Son interpretaciones visuales, no fotografías de la inauguración ni documentos que demuestren la distribución exacta de los barcos. Un grabado histórico de una naumaquia puede acompañar muy bien el relato si se presenta como una representación posterior. La belleza de una imagen no la convierte en una prueba de todos los detalles que contiene.

Una arena donde el espectáculo también hablaba de poder

El interés del Coliseo no se agota en saber si había agua sobre su suelo. Cada cambio en el edificio revela cómo se buscaban nuevas formas de sorprender al público y organizar lo que este veía. Esa relación entre el gobernante y la arena continuó más allá de Tito. La historia de Cómodo y su vínculo con los espectáculos de gladiadores permite seguir explorando un escenario donde la diversión, la exhibición personal y la autoridad podían encontrarse.

Entonces, ¿se inundaba el Coliseo? Los testimonios antiguos dan una base para hablar de espectáculos acuáticos durante sus primeros años, antes de la transformación de los subterráneos. Lo que no tenemos es una explicación completa que convierta cada detalle en certeza. Separar el anfiteatro de la naumaquia de Augusto, distinguir las fases del edificio y reconocer las lagunas de las fuentes nos acerca más a la historia. El verdadero asombro no necesita canales secretos: alcanza con saber que Roma intentó llevar una batalla naval hasta la mirada de un público reunido para verla.

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