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jueves, 1 de octubre de 2026

Artigas en Paraguay: por qué se quedó y qué sabemos de su exilio

José Gervasio Artigas pasó sus últimos treinta años en Paraguay. La pregunta parece inevitable: ¿por qué una figura central de la historia uruguaya no regresó? No fue simplemente porque nunca tuviera una oportunidad. En 1841 recibió una invitación para volver y decidió quedarse. Cinco años después, su hijo lo visitó y transmitió un relato de su vida cotidiana. Entre ambos episodios aparece una historia más concreta que las versiones que lo explican todo por resentimiento, resignación o fidelidad a un ideal.

Para entenderla hay que recorrer tres momentos: el final de su etapa militar, los años de trabajo en Curuguaty y la vejez en Ibiray. Los documentos muestran cambios de residencia, ofrecimientos y vínculos personales. También permiten distinguir una decisión registrada de una interpretación sobre sus motivos.

El camino al exilio en 1820

El comienzo de 1820 fue un golpe para el movimiento artiguista. El 22 de enero, las tropas orientales dirigidas por Andrés Latorre fueron derrotadas por los portugueses en la batalla de Tacuarembó. Artigas no estaba al frente de esas fuerzas: se encontraba en Mataojo. Después buscó reunir nuevos apoyos al otro lado del río Uruguay. La derrota formaba parte de un escenario más amplio, marcado por la ocupación portuguesa iniciada en 1816, el conflicto con Buenos Aires y el alejamiento de caudillos del litoral.

El 5 de septiembre de 1820 cruzó el Paraná e ingresó en Paraguay por Itapúa, la actual Encarnación. Gaspar Rodríguez de Francia le concedió refugio. No era la llegada de un dirigente que comenzaba otra campaña en condiciones semejantes a las anteriores: su vida entraba en una etapa distinta, bajo las decisiones de un gobierno extranjero. La pregunta por qué llegó a Paraguay tiene, por tanto, un contexto político y militar; la pregunta por qué permaneció allí durante décadas necesita seguir lo que ocurrió después.

Los años de Artigas en Curuguaty

Entre 1821 y 1845 vivió en la villa de Curuguaty, donde se dedicó a labores agrícolas y a la enseñanza. Ese período representa la mayor parte de su estancia paraguaya. El hombre asociado a ejércitos, instrucciones políticas y grandes disputas pasó a ser recordado también por tareas de la vida rural. Esta dimensión suele recibir menos atención que su trayectoria pública, pero ayuda a comprender cómo transcurrieron los años entre la llegada y su última residencia.

El cambio no borró su identidad anterior. La documentación conservada seguía nombrándolo y los gobiernos continuaban ocupándose de su situación. Lo que cambió fue el lugar que esa identidad tenía en la vida diaria: cultivar la tierra era una actividad concreta, muy diferente de conducir fuerzas militares. Además, Curuguaty e Ibiray no deben confundirse. Sus últimos años, desde 1845 hasta 1850, transcurrieron en la zona de Asunción. Separar esos lugares permite reconocer que tampoco su exilio fue una estancia inmóvil.

La invitación a regresar que no aceptó en 1841

Tras la muerte de Francia, el nuevo gobierno paraguayo le comunicó plena libertad para volver a su país. Artigas pidió permanecer. El índice del Archivo Artigas permite seguir la correspondencia de 1841 vinculada a ese episodio. Registra una invitación del presidente Fructuoso Rivera, la intervención de los cónsules paraguayos y las comunicaciones del comandante Juan Manuel Gauto. Se trató de un ofrecimiento que pasó por canales oficiales y dejó un rastro documental.

La secuencia incluye un informe de Gauto del 7 de diciembre sobre la negativa de Artigas a aceptar la oferta de Rivera y una comunicación de los cónsules del 10 de diciembre que notifica su decisión. Estas referencias ayudan a precisar algo esencial: en aquel momento, permanecer en Paraguay fue una elección registrada. Una descripción de archivo permite localizar esas piezas; para reproducir todas sus palabras habría que consultar cada documento completo, y no reemplazarlo por un diálogo imaginado.

El episodio tampoco ocurrió inmediatamente después de la derrota. Habían pasado más de veinte años desde su llegada. La posibilidad de regresar se presentaba a alguien cuya vida ya había transcurrido durante mucho tiempo en otro entorno. Eso no demuestra una causa sentimental única, pero sí explica por qué conviene leer la invitación en su fecha y contexto, en lugar de tratarla como un trámite que podía deshacer todo lo vivido.

La visita de José María y el relato de 1846

En 1846, José María Artigas visitó a su padre en Ibiray. Sus declaraciones dieron origen a un relato publicado el 1 de julio en El Constitucional. La transcripción conservada lo muestra trabajando la tierra, limpiando terreno y utilizando bueyes y arados. En su última residencia, ocupaba una quinta facilitada por Carlos Antonio López, cerca de su familia. El texto también describe la ayuda que recibía en alimentos, ropa y otros enseres.

Ese retrato cotidiano incluye a un Artigas que se limitaba a pedir lo indispensable, agradecía los cuidados y todavía cabalgaba en un caballo zaino. Son detalles que el relato de época transmite con un tono favorable al antiguo dirigente y a sus benefactores. La gratitud aparece, entonces, como parte de esa descripción; no hace falta inventarla, pero tampoco convertirla automáticamente en la explicación de todas sus decisiones. El testimonio llega mediante las declaraciones del hijo y su publicación, no como una carta autógrafa del padre.

Hay una diferencia importante respecto de algunas versiones actuales: esa transcripción no cuenta que José María le propusiera regresar y que Artigas rechazara volver con él. La visita permite acercarse a su vida en Ibiray; la negativa comprobada de 1841 corresponde a otro episodio. Mantener separados ambos momentos conserva lo que aporta cada testimonio y evita construir una escena familiar que el texto consultado no incluye.

El retrato de Demersay y los últimos años

Otra mirada contemporánea es el retrato del natural que Alfred Demersay realizó en Paraguay en 1847. Artigas aparece anciano, de perfil, sentado, con poncho y bastón. Es un documento visual de esa etapa, muy diferente de las imágenes posteriores que lo representan como un jefe joven y enérgico. Se trata de un retrato histórico, no de una fotografía, y muestra por qué las distintas representaciones del mismo personaje pueden responder a momentos e intenciones diferentes.

Artigas murió en la quinta de Ybiray, en Asunción, el 23 de septiembre de 1850, a los 86 años. Sus restos fueron repatriados en 1855. Los lugares de su estancia siguen formando parte de la memoria compartida entre Uruguay y Paraguay: el Solar de Curuguaty y su última morada en Asunción permiten seguir ese recorrido. En el solar de sus últimos años funciona la Escuela Solar de Artigas, una presencia uruguaya que da continuidad a ese vínculo.

Entonces, ¿por qué Artigas no volvió de Paraguay?

La respuesta más firme empieza por lo comprobado: en 1841 tuvo una oportunidad de regresar y prefirió quedarse. Para 1846, el testimonio relacionado con su hijo describía vínculos de hospitalidad y gratitud en el lugar donde vivía. Es razonable estudiar esos lazos, el tiempo transcurrido y el contexto político para entender su permanencia. Sin embargo, ninguno de esos elementos demuestra por sí solo una razón exclusiva, como el resentimiento contra Rivera o la renuncia a sus ideas.

En los comentarios del guardado de Facebook que motivó este artículo, una intervención planteaba justamente la necesidad de separar documentos y presunciones. Es una observación de esa conversación que ayuda a formular mejor la pregunta. Para profundizar, las claves sobre cómo elegir un libro de historia y examinar sus fuentes permiten reconocer quién cuenta un episodio y qué materiales utiliza.

Ese cuidado tiene una aplicación concreta también en la investigación sobre si se inundaba el Coliseo para celebrar naumaquias: los testimonios conservados no prueban todos los detalles que añaden las reconstrucciones posteriores. En el caso de Artigas, las fechas, la negativa de 1841, la visita de 1846 y el retrato de Demersay permiten contar una historia real. Su fuerza está en esos episodios, sin necesidad de inventar una confesión que cierre para siempre la pregunta.

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