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sábado, 22 de noviembre de 2025

Cuando las piñas valían más que el oro: la historia de cocina más extravagante del siglo XVII

Imagina un banquete del siglo XVII iluminado por velas, mesas interminables repletas de carnes asadas, las mejores recetas de cocina y dulces especiados… y, en el centro, un solo objeto capaz de eclipsar a todos los platos: una piña. No para comerla, sino para mirarla. Puede sonar absurdo —y lo es— pero durante más de un siglo, esta fruta tropical fue el símbolo supremo del lujo europeo. Tanto así que las familias adineradas las alquilaban por horas para exhibirlas como si fueran joyas.

Antes de contarte cómo funcionaba este extravagante “servicio de alquiler de piñas”, déjanos abrir un pequeño enigma que se revelará más adelante: ¿por qué una fruta que hoy compras en el supermercado era, entonces, más valiosa que la porcelana china o la plata labrada?

Cuando las piñas valían más que el oro: la historia de cocina más extravagante del siglo XVII

El día que una fruta tropical se convirtió en un trofeo real

La escena que mejor resume esta obsesión aparece en una famosa pintura del siglo XVII: el jardinero real John Rose aparece arrodillado ante Carlos II de Inglaterra, ofreciéndole una piña como si fuera un tesoro del otro mundo. Y en cierto modo, lo era.

Para entenderlo, hay que pensar en el contexto. En esa época, Europa se encontraba fascinada con todo lo que llegaba desde América: patatas, cacao, tomates… y, sobre todo, la piña, que sobresalía por su forma extravagante, aroma intenso y sabor desconocido para los europeos. Pero había un problema: casi ninguna piña sobrevivía a las travesías marítimas sin pudrirse. Y las pocas que llegaban frescas se convertían en un objeto de deseo inmediato.

No exageraban cuando la llamaban “la reina de las frutas”. Era tan exótica que solo los reyes y nobles más cercanos a las rutas coloniales podían permitirse una.

Cuando presumir valía más que probar

Lo curioso es que, pese a su rareza, la mayoría de las piñas no se comían. El verdadero poder de la fruta estaba en su simbolismo. Mostrar una piña en casa equivalía a decir: "Tengo conexiones en las colonias, influencia política y suficiente riqueza como para desperdiciar una fruta que cuesta lo que gana un artesano en meses."

Parecía absurdo incluso para la época, pero aquella competencia silenciosa entre aristócratas hizo que las piñas se transformaran en:

Centros de mesa en grandes banquetes

Accesorios decorativos para recibidores

Objetos de conversación en fiestas oficiales

Emblemas de estatus en retratos y fachadas

Tanto fue el furor que la arquitectura barroca inglesa empezó a adornarse con piñas talladas en piedra. Incluso hoy existen mansiones en Inglaterra y Escocia con pilares en forma de piña. El mensaje era claro: “Aquí vive alguien con dinero.”

El negocio más insólito de la historia: alquilar piñas por horas

Ahora sí, volvamos al misterio prometido: ¿cómo podía una sola fruta convertirse en un lujo inaccesible?

La respuesta está en los registros económicos de Londres y Ámsterdam. Allí se documenta algo que hoy parece un chiste, pero era una práctica habitual: las piñas se alquilaban.

Sí, como se alquilaría hoy un vestido de gala o una limusina.

Las familias que no podían permitirse comprar una piña entera para un banquete recurrían a comerciantes especializados que ofrecían la fruta por:

Horas

Media noche

Eventos completos

El precio era escandaloso: hasta 10 libras por una sola noche, equivalente a meses de salario para un artesano. ¿Y qué recibía el cliente? Nada más y nada menos que la oportunidad de mostrarla. No se cortaba, no se probaba, ni siquiera se tocaba sin permiso del proveedor. Era pura ostentación.

Se dice que quienes podían pagar un poquito más, incluso pedían que el repartidor anunciara en voz alta, al llegar a la puerta, que traía “la piña reservada”, para que los invitados se enteraran antes de verla.

¿Y la cocina? El sabor que casi nadie conocía

Irónicamente, mientras Europa la celebraba como la joya más exótica del mundo, muy pocos europeos conocían realmente su sabor. La piña era tan cara para comer que solo los miembros más altos de la corte la probaban alguna vez en su vida.

Para los cocineros del siglo XVII, la simple idea de trabajar con una piña fresca era un honor comparable a preparar un banquete para el rey. Algunas crónicas mencionan que los chefs que tenían acceso a estas frutas solían describirlas como “la dulzura del sol atrapada en una cáscara”.

No fue hasta más avanzado el siglo XVIII, cuando las colonias aumentaron la producción y los barcos mejoraron sus sistemas de transporte, que la piña comenzó a llegar a Europa en mejores condiciones y a precios más razonables. Con ello, el negocio extravagante del alquiler de piñas desapareció silenciosamente.

Un lujo convertido en alimento cotidiano

Hoy la piña es un ingrediente común en nuestras cocinas: va en ensaladas, postres, comidas saladas e incluso en debates eternos como la pizza hawaiana. Pero pocos saben que, hace tres siglos, esta misma fruta fue símbolo de poder colonial, motivo de competencia social y protagonista del negocio más absurdo del mundo gastronómico.

Tal vez la próxima vez que cortes una piña para cocinar, te sorprenda pensar que en otro tiempo esa simple acción te habría convertido en alguien tan rico como un noble inglés.

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